En SODOME el pareo es la última mentira que todos aceptan antes de que el cuerpo empiece a hablar
Field Notes From a Mexico City Bathhouse
CRÓNICAS | 16 de MARZO, 2026
9 MIN READ | Escritor JONA MONTOYA
Lo primero que notas, curiosamente, es el pareo.
La promesa que oculta.
Súmale el laberinto de pasillos y la iluminación baja que por momentos vuelve a todos medio mitológicos, y ese pequeño rectángulo de tela —amarrado a la cintura con una dedicación casi religiosa— deja de ser un obstáculo para convertirse en una invitación.
El último gesto de pudor antes de que la noche decida qué hacer contigo.
La masculinidad mexicana, como sabemos, disfruta fingir modestia mientras hace cosas bastante puercas.
Foto: SODOME Bathhouse / Facebook
La entrada no tiene letrero. La encuentras porque alguien te dijo cómo llegar y porque tu noche depende de ello.
Tocas el timbre con cara de “creo que aquí es”. Un guardia te abre la puerta. No dice nada. Adentro hay una fila. La mayoría llegan solos.
Pagas 350 pesos. Te dan una llave, unas sandalias y el famoso pareo SODOME.
Entras.
Alguien abre un locker. Metal contra metal. Se oyen regaderas. El aire huele ligeramente a cloro y desinfectante—el perfume universal de los baños de vapor en cualquier parte del mundo.
Lo segundo que notas es el silencio. No es un silencio incómodo.
Más bien el silencio de un lugar donde casi todos “ya se la saben.”
Te desnudas con cuidado, doblando tu ropa con una precisión casi doméstica antes de guardarla en el locker, como si fueras a volver por ella en diez minutos y no entrar al laberinto a buscar al minotauro.
Nadie se queda viendo fijamente. Pero todos están mirando. Los celulares desaparecen en los lockers. Y entonces empieza el ritual.
Vapor.
Sauna.
Regaderas.
Pasillo oscuro.
Jacuzzi.
Otra vuelta.
Foto: SODOME Bathhouse / X: @SO_DO_ME
Si es tu primera vez se siente medio surrealista. Cientos de hombres comunicándose casi exclusivamente con la mirada. En realidad el sistema es bastante simple.
Miras.
Te miran.
Pausa.
Si la pausa dura lo suficiente, felicidades: los dos acaban de ponerse de acuerdo sobre lo que sigue. Si no, sigues caminando.
Después de unos minutos te das cuenta de algo tranquilizador: nadie aquí espera que sepas exactamente qué estás haciendo.
Aun así, no puedes evitar sentir que todos se dan cuenta que eres nuevo. Pasas un rato en el bar intentando adoptar una postura que parezca natural, como si hubieras estado viniendo aquí toda tu vida.
En cada cuarto hay todo tipo de hombres: cuerpos de gimnasio, cuerpos suaves, cuerpos jóvenes, cuerpos que ya han vivido bastante.
La mayoría empieza en el bar. Es el centro social del edificio, donde comienzan las negociaciones silenciosas de la noche.
Te sientas.
Dejas que el calor te caiga encima.
Y observas.
Alguien intenta sostenerte la mirada un segundo más que los demás.
Otro regresa unos minutos después y se sienta un poco más cerca.
Si el interés es mutuo, los dos se levantan y desaparecen hacia otra parte del edificio—los pasillos más oscuros, las regaderas, a veces una cabina.
Si no lo es, no pasa absolutamente nada.
La regla es simple y sorprendentemente civilizada: primero mirar, luego tocar. Si te quitan la mano, sigues caminando.
Le preguntas a un hombre en el jacuzzi si la gente aquí usa condón.
“Casi nadie”, te dice.
Dice que la mayoría está en PrEP.
No estás seguro de si esto te tranquiliza o te pone más nervioso.
PrEP redujo el miedo, bajó la paranoia, devolvió cierta ligereza al sexo entre hombres. Cada quien decide qué riesgos acepta, qué promesas se cree y qué historias se cuenta después para dormir tranquilo. Así funciona esto: adultos tomando decisiones, algunas sensatas, otras optimistas, todas profundamente humanas.
Foto: SODOME Bathhouse / X: @SO__DO__ME
En otras ciudades el baile de cortejo es más escandaloso. Aquí todo pasa con cierta discreción—casi cortesía. El rechazo ocurre sin palabras. El cuarto entero se comunica con gestos mínimos. Te toma cinco minutos darte cuenta de algo importante: nadie te va a explicar nada. No hay letreros. No hay manuales plastificados de “Cómo Funciona Esto”. Aprendes de la misma forma en que siempre aprendemos las reglas de una cultura nueva: observando. Una mirada en el vapor. Otra en el pasillo. Una pausa lo suficientemente larga para hacer la única pregunta que importa. ¿Te interesa?
Si te devuelve la mirada, la conversación continúa. Si no, sigues caminando. Sin drama. Sin vergüenza.
Para un lugar lleno de hombres desnudos y energía sexual bastante evidente, el ambiente es curiosamente tranquilo. Las conversaciones, cuando ocurren, son breves y discretas. La mayor parte de la comunicación ocurre con el cuerpo. Uno se queda en la puerta del vapor. Otro da vueltas lentas por los pasillos. Alguien regresa dos veces al mismo rincón oscuro en el segundo piso. Todos conocen los pasos. Los nuevos simplemente observan hasta entender el ritmo.
Como en cualquier ecosistema, cada quien encuentra su lugar. Están los que miran. Los que se dejan mirar. Los que prefieren observar desde la esquina del vapor, disfrutando el espectáculo con la calma de quien vino más por la curiosidad que por la acción. Otros llegan con una claridad admirable sobre lo que quieren: dar, recibir, guiar, dejarse llevar.
Las etiquetas —activo, pasivo, versátil— funcionan más como orientación que como destino. Porque al final, en un lugar así, los roles cambian con la misma facilidad con la que alguien se desata la toalla.
En muchos baños europeos la desnudez es lo normal. Aquí cubrirse produce una mezcla curiosa de pudor y picardía.
La masculinidad mexicana está llena de contradicciones. Sobrevive fingiendo que el deseo solo existe cuando nadie lo está viendo.
Foto: SODOME Bathhouse / X: @SO__DO__ME
Entrar a este mundo flotante de hombres que en el exterior se presentan como esposos, padres, obreros—ciudadanos perfectamente respetables—y verlos someterse a este rito de paso que es SODOME con tanta facilidad te cambia un poco la vida.
No hay presentaciones.
No hay explicaciones.
Pero si te quedas lo suficiente, empiezas a notar algo interesante.
SODOME no está lleno de desconocidos. Está lleno de versiones de la misma historia. Distintas edades. Distintas profesiones. Distintos niveles de comodidad consigo mismos.
Debajo del azulejo, la música y la luz tenue hay algo muy simple y muy antiguo: hombres intentando entender qué quieren y quién pueden permitirse ser, aunque sea por unas horas.
Yo me enamoro de todos los hombres que conozco. No profundamente. No permanentemente. Diez minutos bastan.
A veces más.
Foto: SODOME Bathhouse / X: @SO__DO__ME
Más tarde las criaturas que viste desnudas empiezan a vestirse. Los pareos, ya empapados, desaparecen. Los jeans regresan. Los celulares vuelven a los bolsillos como si hubieran estado conteniendo la respiración toda la noche.
Alguien se amarra los zapatos en la banca metálica. Otro revisa la hora y pide un Uber. El hechizo se rompe para unos, cuando apenas empieza para otros. El timbre de la entrada no ha dejado de sonar en toda la noche.
Afuera, Ciudad de México sigue como siempre. Nadie imagina que dentro de este edificio anónimo cientos de hombres se permitieron por una noche una versión de honestidad que no siempre pueden llevar a la luz del día.
Por unas horas las reglas se aflojaron. La curiosidad fue permitida. Extraños se convirtieron en pequeños capítulos en las historias privadas de alguien más.
Luego la puerta se cierra otra vez, la ciudad nos traga de regreso.
Para cuando salgo ya es de madrugada.
No tengo ganas de volver a mi hotel.
Camino hacia Tom’s Leather Bar preguntándome si esta noche estoy aquí como observador… o si ya crucé esa línea hace rato. ■